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2011/10/19

Habla por ti

En 1991 la profesora argentina Nora Catelli publicó un interesante estudio sobre la escritura del yo: El espacio autobiográfico (Lumen). Catelli repasaba la casuística de estos escritos, contraponía teorías, analizaba la autobiografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y definía el género como la exploración del otro a través del texto. Cuando, veinte años atrás, Catelli escribió su ensayo, estas consideraciones exploratorias parecían circunscritas a los seres, más o menos letrados, que decidiesen ponerse a escribir sobre su vida. Nadie, ni Steve Jobs en éxtasis budista, era capaz de imaginar que hoy existiría un microespacio autobiográfico como la caja Bio de Twitter, en la que el sistema te invita a escribir "about yourself in fewer than 160 chars". Esta masificación del espacio autobiográfico era entonces tan inimaginable como lo sería escribir una autobiografía póstuma. Un oxímoron que quizá también acabaremos viendo, tal como se desprende de la recomendable novela que Jordi Boixadós ha escrito des-de la voz narradora de un hombre que está en coma: Àngels a l'andana (Columna).

La cuestión es que cada vez que un nuevo usuario se incorpora a Twitter (y eso ha sucedido millones de veces en los últimos años) topa con la petición de definirse en un microespacio autobiográfico que luego será visible en su perfil, justo bajo la fotografía. ¿Qué hacen muchos? Dejarlo en blanco. No es de extrañar, porque los espejos siempre incomodan, y más si los tenemos que redactar. De hecho, un buen porcentaje de cuentas de Twitter también dejan en blanco la fotografía. Pero, entre los que escriben alguna cosa, la casuística es notable y definitoria. Algunos adoptan la solución tarjetera y ponen su profesión –arquitecto, concejal, topógrafo–, con algún toque de guionista: "mamífero", "pubilla en potencia", "Ducatista". Otros complementan este perfil profesional (de tono Linkedin, para entendernos) con información adicional que deriva a la vida personal: "Periodista, bloguero, apasionado por la comunicación política, ajedrecista y catalán" o "Correctora y traductora. Y durante los ratos libres, defensora de (casi) todas las causas perdidas". En esta evolución irrumpe el clásico gerundio digital: "Politóloga decidiendo qué quiere ser de mayor". El mundo de las aficiones convive con el de las creencias: "Desubicada, maniática, colgada por la música y el Barça". La militancia (política, futbolística) no excluye el costumbrismo: "Criado con Pelargon, y eso marca mucho". Hay textos filosóficos –"Soy, que ya es mucho", o "Voy tirando"–, autocríticos –"¿Perfil? Bajo, siempre", o "A días cajero, otros banquero, pero siempre ladrón y vividor"–, fantasiosos –"Argonauta", o "Soy el guardián de las estrellas, ¡vivís en Matrix!"– y punzantes desde el punto de vista identitario: "Sorprendentemente catalán, árabe, culé y republicano, the dream of a skin" o "Sexo femenino, apariencia humilde y aria".

Cada cual explora el otro como puede, por decirlo con Catelli, pero hay textos más premeditados y otros que desprenden un aire de urgencia muy revelador. Mis preferidos son los que quieren completar como sea la caja de 160 caracteres. Ayer se hizo seguidora de mi cuenta de Twitter alguien que se define en 158 caracteres: "Inminente estudiante de doctorado, feminista convencida, amante de la música, la lectura, el Barça y la política... Una persona muy normal, al fin y al cabo". ¿Normal? La normalidad es un concepto perverso que parte de la imagen que proyecta el espejo sobre el que escribimos. ¿Quién no lo es?

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