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2011/06/13

Francia lucha contra las armas químicas de la Gran Guerra

"Un hombre avanzó dando tumbos a través de nuestras líneas. Uno de nuestros oficiales lo detuvo apuntándole con su revólver. ¿Qué pasa con vosotros, malditos cobardes?', le gritó. El zuavo estaba echando espumarajos por la boca, los ojos se le salían de sus órbitas y cayó retorciéndose de dolor a los pies del oficial". Anthony Hossack, soldado del batallón de fusileros de la reina Victoria, fue testigo del comienzo de la Segunda Batalla de Ypres (Bélgica), el 22 de abril de 1915. Su relato, publicado por primera vez en 1930, es espeluznante.
Aquel día, cerca de las cinco de la tarde, los soldados británicos y los zuavos, regimientos argelinos de la infantería francesa, estaban tendidos en la hierba. Algunos se preparaban para un baño después de días sin ver el agua. Otros intentaban dormir. Los cocineros preparaban algo de comida. Eran los supervivientes de la batalla. Sus compañeros muertos habían quedado atrás, a merced de las ratas.
Los vivos no llegaron a bañarse ni a comer. "A medida que el sol se ponía, el ruido de un bombardeo procedente del noroeste destrozó esta atmósfera de paz, haciéndose más atronador a cada minuto que pasaba", dejó escrito Hossack. "A seis millas, pudimos ver mientras anochecía los destellos de la metralla y la luz de los obuses aquí y allá. Pero lo más curioso era una nube baja, de humo o vapor gris-amarillo, acompañada por un murmullo sordo", continuaba. Los soldados pensaron que era una maniobra de los alemanes para ocultar el avance de sus tropas de infantería. Se equivocaban. En pocos minutos, los militares empezaron a caer entre espasmos con sus pulmones destrozados.
La Segunda Batalla de Ypres ha pasado a la historia como el primer ataque con armas químicas a gran escala. El Ejército alemán había desplegado casi 6.000 bombonas con 170 toneladas de cloro en Langemark-Poelkapelle, al norte de la ciudad de Ypres. A media tarde, aprovechando una brisa hacia oriente, los mandos dieron orden de abrir las espitas. Los soldados franceses y argelinos, presas del pánico, huyeron a la carrera, dejando un agujero de cuatro millas en el frente. La guerra química había triunfado.
Durante los años siguientes, hasta el final de la Gran Guerra en 1918, los aliados y sus enemigos, los imperios Austrohúngaro, Alemán y Otomano, tiraron sobre Francia 44 millones de municiones sólo en territorio francés, principalmente en el norte y el este del país. Según las estimaciones del Ministerio de Defensa francés, entre el 2% y el 10% de estas cargas no explotaron y siguen enterradas en el campo de batalla. El 10% de ellas son armas químicas. Hasta 440.000 municiones venenosas pueden seguir bajo la tierra. El cloro de la Segunda Batalla de Ypres continúa en Francia. Y también el fosgeno, otro gas irritante capaz de provocar la muerte por fallo pulmonar. El último tóxico en llegar fue el famoso gas mostaza, también bautizado iperita, por la ciudad de Ypres, donde los alemanes lo emplearon por primera vez en 1917.

Años de retraso

Aunque parezca mentira, la amenaza de la Primera Guerra Mundial, un siglo después, sigue bajo tierra. En el noreste de Francia, los agricultores siguen encontrándose con munición química al arar sus parcelas, antiguos campos de batalla. Y la construcción de carreteras sigue descubriendo toneladas de armas químicas, muy peligrosas.
El 30 de mayo, el Ministerio de Defensa francés dio un gran paso hacia la desaparición de esta amenaza escondida durante un siglo. Por fin, después de años de dudas, el Gobierno ha adjudicado la dirección del futuro Centro de Eliminación de Carga Explosiva de Objetos Identificados Antiguos, anunciado en 1997. Bajo este eufemístico nombre, resumido en el acrónimo SECOIA, se encuentra el proyecto para construir una planta de destrucción de armas químicas de la Primera Guerra Mundial. Defensa ha encargado la tarea a Astrium, la primera compañía europea en el sector espacial. Astrium es filial de EADS, un gigante de la industria armamentística que fabrica cazas de combate y misiles y del que el Estado español posee el 5,5%.
El programa SECOIA prevé destruir a partir de 2016 unas 42 toneladas de armas químicas cada año en las instalaciones militares de Mailly-le-Camp, un inmenso campo de 12.000 hectáreas en el norte del país donde se entrenan las tropas de élite francesas que combaten en Afganistán. La limpieza acabaría en 2030. Las municiones de la Gran Guerra que llegarán a Mailly-le-Camp están ahora en manos del Ministerio del Interior, en Suippes, un campo de tiro en cuyos almacenes se escondieron durante años las cabezas nucleares del Decimoquinto Regimiento de Artillería francés.
En aquellos silos, abandonados tras la mudanza del regimiento, se guardan ahora las armas químicas encontradas hasta la fecha. Suippes se encuentra en el departamento de Marne, escenario de una de las grandes batallas de 1914, en la que los ejércitos franco-británicos consiguieron rechazar a las fuerzas alemanas e impedir que tomaran París.
Astrium ha explicado en un comunicado que la técnica escogida para destruir el arsenal oculto de la Gran Guerra es "su detonación en una cámara blindada". El método, empleado durante años por Bélgica, amenaza con desatar una polémica medioambiental. La población de Mailly-le-Camp, de apenas 1.600 habitantes, se encuentra en la red Natura 2000, el proyecto de la UE para blindar las reservas naturales en las que viven las especies más amenazadas de Europa.

"Peligro inminente"

Para algunos ecologistas, hay razones para preocuparse. En 2001, una comisión de expertos formada por el Ministerio del Interior alertó de que los depósitos de armas químicas en Vimy, también al norte, se encontraban en "un estado de degradación extrema" y había "peligro de explosión inminente". El 13 de abril de 2001, las autoridades comenzaron la evacuación urgente de los 12.500 habitantes de la región. Los obuses cargados de gas, unas 55 toneladas, viajaron a las instalaciones militares de Suippes. Y ahí siguen, amenazantes.
Astrium, que no da excesivos detalles al tratarse de un asunto de Defensa, asegura que "el proceso que se va a implementar garantiza un control total de los residuos generados y su tratamiento con sistemas especializados, con un respeto estricto a la normativa de protección medioambiental".
El proceso del que hablan es la detonación en cámara de vacío (Davinch, en sus siglas en inglés), un sistema del gigante japonés del acero Kobe Steel. En la cámara, las armas químicas se destruyen con explosivos y los gases resultantes se someten a un tratamiento de descontaminación con filtros de carbón activado, un material en cuyos microporos quedan atrapadas las partículas tóxicas. El gas, limpio, se libera a la atmósfera. Lo podría haber respirado el mismísimo fusilero británico Anthony Hossack, antes de darse un baño y echarse una siesta después de la comida.

Publico

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