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2011/01/17

El poder explota la ciencia

El 24 de abril de 1945, días antes del fin de la II Guerra Mundial en Europa, científicos estadounidenses participan en la toma de la ciudad alemana de Hechingen, al sur del país. Junto a una columna del Ejército de EEUU se hacen con un gran laboratorio atómico, recuperan planes nazis de crear la bomba nuclear y capturan a físicos de la talla de Otto Hahn, descubridor de la fisión nuclear, o al Nobel en Física Max von Laue. Su jefe y figura clave de la mecánica cuántica, Werner Heisenberg, escapa. La operación Harborage es todo un éxito, al ser capturado días después.
La misión la dirige Samuel Goudsmit, físico cocreador del concepto del espín del electrón. Es el responsable científico de Alsos, una misión de espionaje y neutralización del esfuerzo nuclear germano. Es el reverso del Proyecto Manhattan: en EEUU se afanan en tener la bomba y, mientras, se lo impiden a los alemanes. La aventura de Hechingen, Alsos y el Proyecto Manhattan ejemplifica las relaciones que mantienen los científicos con los poderosos. El catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid José Manuel Sánchez Ron lo ha relatado en una serie de conferencias que ahora la Fundación BBVA ha convertido en el libro Ciencia, política y poder. Napoleón, Hitler, Stalin y Eisenhower.
La llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 coincide con el esplendor de la ciencia alemana. La moderna física, por ejemplo, debe a alemanes como Einstein o Planck la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica. Pero Hitler lleva su racismo a todos los ámbitos, y la nueva legislación obliga a los no arios a dejar la función pública. Un tercio de los profesores pierde su puesto, y miles de científicos y técnicos abandonan Alemania.
"La ciencia alemana era tan potente que, aun prescindiendo de estos científicos, seguía siendo impresionante", aclara el profesor Sánchez Ron. Sin embargo, Hitler no le saca todo el jugo. Goudsmit sostendrá tiempo después que el carácter totalitario del régimen nazi impide que consigan la bomba, frente al poder creador de la ciencia en democracia. Pero el factor ideológico no es la clave de su fracaso. Aunque los germanos destacan en la física teórica, no tienen la maquinaria productiva de los estadounidenses. Les faltan elementos críticos, como un acelerador de partículas o una piscina de agua pesada, clave en el control de la reacción nuclear. Siendo importantes estas limitaciones, Sánchez Ron subraya el aspecto táctico. "Con casi toda Europa en su poder, los alemanes creían que no les hacía falta la bomba para ganar la guerra".
EEUU sí la cree necesaria. Como la mayoría de los físicos alemanes, los estadounidenses también se apuntan al esfuerzo de su país por tener la bomba. A ellos se suman varios de los exiliados centroeuropeos, como el físico Leo Szilard, judío húngaro huido de Alemania. Szilard es clave en la redacción de la carta que firman destacados científicos como Albert Einstein en agosto de 1939 alertando al entonces presidente Roosevelt del peligro que supondría que los nazis desarrollaran la bomba nuclear.
Roosevelt no les hace caso y solo pone en marcha el Proyecto Manhattan tras el ataque a Pearl Harbour. Szilard trabaja en el diseño de Little Boy, la bomba de Hiroshima. Sin embargo, días antes del lanzamiento redacta otra carta, esta vez alertando sobre el peligro de lanzarla. La firman otros 67 científicos del Proyecto Manhattan. Pero, como destaca Sánchez Ron, el poder suele estar por encima de los científicos. La misiva no llega siquiera al presidente, y el general Groves declara su contenido secreto. El 6 de agosto de 1945 cae la primera bomba y, tres días después, la segunda sobre Nagasaki.
Los bombardeos pillan a Josef Stalin en plena conferencia de Postdam. Los soviéticos saben de los planes estadounidenses y, desde 1941, tienen su propio proyecto, dirigido por Igor Kurchatov. Pero con la invasión alemana, los soviéticos habían tenido otras prioridades. Todo cambia tras Hiroshima. Lavrenti Beria, el responsable de la seguridad interior, pone a trabajar en el nuevo objetivo a unas 400.000 personas, de ellas 10.000 técnicos. El 29 de agosto de 1949 estalla la primera bomba soviética. Moscú descubre la capacidad propagandística de la ciencia, en particular la física.
Propaganda espacial
El poder propagandístico, que no estratégico, de la ciencia nuclear solo es superado por el de la carrera espacial, que no empezó en EEUU ni en la Unión Soviética, sino en la Alemania de Hitler. Al comenzar la guerra, el ingeniero Wernher von Braun lleva ya varios años trabajando en su sueño: diseñar cohetes para ir a la Luna. Entra a trabajar para la Luftwaffe, la fuerza aérea germana. Hitler, que al principio no cree en sus V2, cambia de opinión cuando ve aquellos ingenios de 14 metros de altura volar cientos de kilómetros. Aunque no modificaron el curso de la guerra, los V2 encumbraron a Von Braun.
Para Sánchez Ron, el ingeniero alemán es un gran ejemplo de la "ductilidad política de los científicos: sirvió con igual lealtad y entusiasmo a regímenes políticos completamente diferentes". De hecho, sus cohetes son los que llevarán al hombre a la Luna. En ellos trabajaba cuando la URSS lanza el satélite Sputnik el 4 de octubre de 1957. Tras el shock, Eisenhower acelera el programa estadounidense. No se le escapa el poder propagandístico de la hazaña soviética, que se multiplica cuando el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin es el primer ser humano en orbitar alrededor de la Tierra.
En su discurso de despedida como presidente, Eisenhower alerta a su nación de nuevos peligros. Le preocupa que los científicos sean controlados por el poder, pero también lo contrario: "Debemos también estar alerta al peligro de que la política pública pudiera quedar cautiva de una élite científico-tecnológica".
Sánchez Ron sostiene, y lo acompaña con escritos de entonces, que Eisenhower se refiere a científicos concretos a los que no les basta su trabajo en el laboratorio para conseguir sus propósitos y se meten de lleno en la intriga política. Uno es Wernher von Braun. Como escribe Sánchez Ron, "fue uno de los primeros científicos en darse cuenta de que la presencia pública, la fama social, constituía un instrumento muy poderoso del que servirse en sociedades democráticas".

Publico

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