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2012/01/30

Atrincherado con una recortada

Fueron dos helicópteros cargados de hombres armados. Como si fueran a arrestar al mismísimo Bin Laden. Las aspas aún no se habían detenido cuando las botas de tres docenas de policías ya hollaban el mármol de la entrada de la mansión. Uno de ellos se volvió hacia una amenazante figura oscura, pero era tan sólo una carísima estatua de un Predator a tamaño natural.
Para cuando alcanzaron jadeantes el piso de arriba, Kim Schmitz había logrado encerrarse dentro de su habitación del pánico. Tuvieron que destrozar la pared con una barra de acero para acceder al interior, donde Schmitz sostenía una escopeta de cañones recortados, «con la frente empapada en sudor y una mueca de desdén en el rostro», declaró el agente que le esposó.
No hubo necesidad de apuntarle, porque Schmitz se rindió pacíficamente. Pero cuando los policías supieron después que Schmitz era uno de los mejores jugadores del mundo de Call of Duty —un videojuego de guerra en primera persona— se preguntaron ante las cámaras de la ABC de Brisbane qué hubiera pasado si hubiese decidido usar el arma que tenía en la mano, mil veces probada en el campo de tiro que tenía en un lugar apartado de la mansión.
Esta es, en definitiva, una historia de decisiones. Las correctas y las incorrectas. Y cómo su concatenación configura la vida de un hombre cuya mente es tan poderosa como una recortada.
Han pasado diez días desde su arresto, y las extravagantes imágenes que dieron la vuelta al mundo han dado paso a la reflexión. Los coches, las modelos caras y los yates se difuminan de las retinas, pero la polémica permanece. Kim Schmitz ideó, creó y fundó el servicio de intercambio de archivos más popular del mundo. En tan sólo seis años logró beneficios millonarios, puso en jaque a productoras y discográficas y definió un modelo de negocio —el del streaming y la descarga directa— que compañías como Apple y Amazon se han esforzado en imitar. ¿Es un héroe o un villano?
Kim tenía catorce años la primera vez que se dio cuenta de que el manejo de un ordenador podría cambiar su destino. Fue un niño prodigio en la pequeña ciudad de Kiel (Alemania), donde nació. Destacaba en el colegio por su enorme corpachón, por su voz chillona y por sus bromas pesadas. Le gustaba llamar la atención, pero nada era comparable al chorro de adrenalina que le invadía cuando rompía una cerradura electrónica, cuando cruzaba el cortafuegos de una empresa. Donde otros veían computadoras, él veía puertas. Mientras la nieve se acumulaba bajo la ventana de la humilde casita en la que vivía con su madre, la mente de Kim estaba a muchos miles de kilómetros, reventando la seguridad de una compañía de seguros de Virginia a través de una primitiva línea de teléfono.
Las decisiones, decíamos. Las que este joven complejo con un talento extraordinario para la informática tomó en su adolescencia, como mudarse a Múnich junto a su madre y sus dos hermanos cuando su padre les dejó. En el sur de Alemania la comunidad de hackers era un hervidero en los 90, y las habilidades de Kim aumentaron, sus dedos gordezuelos comenzaron a cobrar vida sobre el teclado, aprendiendo a atacar bancos; y servidores como los de el FBI y la NASA. Los santos griales de un allanador de moradas virtuales, que le granjearon respeto y también su primer lío con la Justicia. Schmitz intentó falsificar tarjetas telefónicas al por mayor, lo cual significaba miles de dólares. Pero le atraparon. Y tuvo que tragarse el orgullo y admitir su culpabilidad para no ir a la cárcel.

Más listo que nadie

Pero el joven Kim no tenía sólo un lado oscuro que le urgía a demostrar que era más listo que nadie. También quería construir, hacer algo por la sociedad. Fundó una startup que tenía como objeto dotar de internet y última tecnología a coches de gama alta. Fue un rotundo fracaso, aunque la idea era buena, tan sólo una década adelantada a su tiempo.
Schmitz era ya entonces un genio y un visionario, pero era un visionario con prisa. Ganó dinero de forma ilícita con las puntocom, anunciando inversiones que no pensaba hacer para aumentar de valor sus propias acciones. Y de nuevo tuvo que hacer frente a la Justicia. Se casó. Se fue a vivir a Hong Kong. Y de nuevo engañó, mintió, hizo uso de información privilegiada. Tomó una afición desmedida por el camino más corto.
Los atajos le trajeron muchos sinsabores, pero aquella forma tan particular de encontrar la solución más fácil también tuvo su recompensa. En el año 2004, y durante un atracón de marisco, Schmitz quiso mostrar unas fotos guardadas en su PDA a un amigo, pero la tarjeta de memoria no funcionó. El amigo se lamentó de no poder tenerlas guardadas en un sitio online, y Kim se quedó mirándole con una pata de langosta a medio comer en la mano, la boca abierta y un concepto bullendo en su cabeza.
Así nació la idea de Megaupload. Siete años antes de que Apple y Dropbox convirtiesen el almacenamiento en la nube en algo imprescindible, Schmitz comprendió que un archivo compartido con una URL única era el negocio por el que apostar. Reunió todo el dinero que tenía y lo invirtió en la nueva empresa.
Un halo de sospecha rodea esta creación. Inicialmente el comprador del dominio Megaupload.com era un tal Tim Vestor, un trasunto del propio Kim Schmitz, a quien le encantaba jugar al despiste con su identidad y varios alias. Llegó a cambiarse legalmente el nombre por el de Kim Dotcom cuando emigró a Nueva Zelanda, una nacionalidad que logró a golpe de talonario —seis millones de dólares en bonos del tesoro, ocho millones de dólares en donaciones—. ¿Sabía ya Schmitz el destino final de Megaupload, y por eso no la registró bajo su nombre? Es posible que en su ánimo estuviese el servir como receptador de archivos de todo tipo, incluyendo aquellos con copyright. Lo que no podía prever es lo que sucedió. En pocos meses Megaupload creció de manera exponencial. En 2010 ya era el decimotercer sitio más visitado de la red, y consumía el 4% del tráfico mundial. Por fin Schmitz hacía honor a su sueño y a su propia forma física. Con casi dos metros y 150 kilos de peso, no hay duda de por qué eligió Mega como prefijo de su imperio de webs.

Dinero a manos llenas

Porque a la primera siguieron Megalive, Megavideo, Megapix y Megaporn. Todo contenido susceptible de ser demandado era almacenado en ellas. El usuario podía acceder a él de manera ilimitada por suscripción o gratuitamente viendo publicidad. Las empresas más importantes del mundo —de Audi a Chanel, e incluso gobiernos— se anunciaban en ella. Y el dinero comenzó a fluir a manos llenas. Las mansiones, las fotos con modelos en bikini, los viajes en jet privado, las fiestas escandalosas… todo ello pasó de ser una fantasía orquestada con vistas a su blog, para convertirse en su leit motiv. Kim tenía por fin la vida que había soñado cuando era un niño. Una vida en el centro del escenario.
Por desgracia vivir bajo los focos tiene un desagradable efecto secundario, y es que te coloca en el punto de mira. Megaupload era legal, o al menos operaba en un limbo jurídico. Era el usuario el que subía el archivo y se responsabilizaba de ello, al menos en teoría. Pero en la práctica nadie pagaba 69 euros al año para compartir fotos con su abuela. Se pagaba ese dinero para poder descargar miles de películas, discos y porno en alta definición, sin pasar por caja. En foros, en blogs, en centenares de repositorios aparecían los enlaces —supuestamente secretos— a esos contenidos. Y quienes más archivos subían, generando de rebote suscripciones premium a la plataforma, conseguían puntos que podían cambiar por tiempo de suscripción para ellos mismos. Además del contenido protegido, cualquier persona podía guardar sus propios archivos personales o de trabajo y compartirlos con otros sin coste alguno.
El ecosistema era perfecto para todos menos para Hollywood, que veía como una película estrenada al mediodía en Nueva York podía estar subida a Megaupload antes incluso de que diese tiempo a abrir los cines en Los Ángeles. O para compañías como Universal, que veía cómo el último disco de U2 podía descargarse en minuto y medio con una conexión de alta velocidad. «¡Y encima este gordo hijo de puta hace fiestas con mi puta estrella!», dicen que gritó Ronald Meyer, CEO de Universal Studios, cuando vio una foto de Schmitz con el actor Bruce Willis en 2010. Dio un puñetazo en la mesa y destrozó a golpes el iPad de su asistente, en donde se le había mostrado la instantánea.
Llegamos por fin al momento de la verdad, al instante en el que los focos empezaron a calentar demasiado y el FBI decidió procesar a Schmitz por conspiración, violación de los derechos de autor y blanqueo de dinero. ¿Qué justifica una operación internacional, que ha llevado meses montar y un elevado coste económico y político? ¿Por qué Schmitz, y no el candidato republicano Romney, conocido por poseer cuentas en paraísos fiscales? ¿Qué diferencia hay entre Megaupload y Fileserve, otra alternativa de éxito mundial, que añade además el recochineo de pagar dinero en efectivo a los uploaders que consigan mayor número de descargas?
La respuesta puede estar en el proyecto definitivo de Schmitz. Había ideado un sistema denominado Megabox, consistente en una página donde los artistas podrían subir sus contenidos y venderlos, obteniendo un 90% de los ingresos netos. Esto es un 20% más de lo que ofrecen compañías como Apple y Amazon, y nueve veces más de lo que ofrece la industria. Era la pinza perfecta, el puenteo definitivo a las discográficas. El servicio online que muchos usuarios reclaman y que aún nadie se ha atrevido a crear, temiendo que aniquile la inestable —y aún provechosa— cadena de valor actual, herida de muerte por la piratería y la insistencia del sector en mantener precios elevados.
¿Es una coincidencia que se haya detenido a Schmitz e intervenido su empresa meses antes de lanzar Megabox? Tal vez, pero uno ya se va haciendo mayor para creer en casualidades. Igual que el niño hacker que creció para sostener en sus manos un arma, apuntada a la cabeza de toda la industria, mientras el FBI derribaba las paredes.

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