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2012/01/11

A por la segunda enfermedad erradicada del planeta

Hace un par de años, un médico español de 29 años aterrizó en la isla de Lihir, en cuyas tripas se esconde una de las mayores minas de oro del mundo. En uno de sus primeros días de trabajo en el principal hospital de esta pequeña isla de Papúa Nueva Guinea llegó a su consulta un niño negro y rubio, con una úlcera roja del tamaño de una moneda de dos euros en el brazo. No le dolía. El joven médico era premio extraordinario de licenciatura, había ejercido en India y acababa de finalizar un máster en Londres sobre enfermedades tropicales. Y no tenía ni pajolera idea de qué era aquello. No había visto nada parecido en su vida, ni siquiera en fotografías. "Es muy común aquí", le dijo un médico local. "Es el pian".
Dos años después, aquel chaval, Oriol Mitjà, es uno de los mayores expertos en esta dolencia olvidada, prima hermana de la sífilis, que afecta a más de 500.000 personas, sobre todo niños, en poblaciones marginadas de África, Asia y América del Sur. Pero no se transmite por relaciones sexuales, como su pariente.
Una bacteria con forma de espiral penetra por la piel, saltando de una persona a otra, y se extiende por el cuerpo. Primero se muestra como una lesión cutánea en el punto de entrada del microbio. Sin tratamiento, estas lesiones, indoloras, se generalizan. Los huesos y los tejidos blandos se erosionan hasta llegar a borrar la nariz y los labios de una persona. Su rostro desaparece. Los huesos se deforman. Sus piernas aparecen curvas, como cimitarras. Mitjà, hace dos años, decidió hacer algo. Y ahora cree que tiene la solución para eliminar esta enfermedad de la faz de la Tierra: un tratamiento antimicrobiano oral. Una simple pastilla. Sería, si tiene éxito, la segunda enfermedad erradicada del planeta, tras la viruela.
"La persistencia del pian en el siglo XXI es inadmisible", denunció en 2007 el responsable de enfermedades tropicales desatendidas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Lorenzo Savioli. Conociendo la historia de esta dolencia, su existencia, más que inadmisible, es sangrante. En 1952, la OMS y Unicef lanzaron un programa mundial para eliminar la enfermedad, que entonces afectaba a 50 millones de personas. Con inyecciones de penicilina, el plan logró tratar eficazmente a 300 millones de personas en 50 países. El pian estaba acorralado. Su frecuencia mundial se redujo un 95%. Sólo faltaba darle la puntilla, como a la viruela. Pero entonces llegaron los recortes en la sanidad pública, tan de moda ahora, y el programa se desvaneció. El pian resurgió con fuerza en la década de los setenta desde sus últimos reductos, borrando la cara o provocando una discapacidad crónica a miles de niños en todo el mundo. Según la OMS, cada año aparecen 5.000 casos nuevos en el sureste asiático, sobre todo en Indonesia y Timor Oriental. Otros informes, no confirmados por la OMS, apuntan a que la enfermedad sigue presente en algunos países del África subsahariana y el Pacífico Occidental. En 2005, se notificaron más de 25.000 casos en Ghana y 18.000 en Papúa Nueva Guinea, adonde llegó Mitjà sin haber oído nunca hablar del pian. "En épocas de recortes, como esta, los fracasos en la erradicación de enfermedades son lecciones que debemos tener muy claras. Si se hubiera seguido invirtiendo en la década de los sesenta, cuando se abandonaron las políticas contra el pian, ahora no estaríamos en esta situación", lamenta Quique Bassat, médico pediatra especializado en enfermedades tropicales.

Un fusil por una metralleta

Mitjà y Bassat, adscritos al Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona, presentan hoy en la revista británica The Lancet los resultados de un ensayo clínico que demuestran la eficacia de un tratamiento oral contra la bacteria que causa el pian, el Treponema pertenue. En las pruebas han participado 250 niños de entre 6 meses y 15 años de edad, afectados por el pian. A los seis meses de tomar la pastilla, el 96% de los chavales estaba curado. El antibiótico, la azitromicina, es el mismo que se emplea en los países desarrollados para combatir una bronquitis.
"Hasta ahora se empleaban inyecciones de penicilina, que tienen una eficacia del 93%, pero nos impiden llegar a las regiones más remotas", explica Mitjà. Sustituir el pinchazo por una pastilla es como cambiar un fusil por una ametralladora en la guerra contra la enfermedad.
La inyección implica unos riesgos, como que un niño sufra al recibir el pinchazo un shock anafiláctico, una reacción fatal al medicamento. Ocurre en algo menos de uno de cada 50.000 pacientes. Para evitarlo, se requiere un equipo médico y un lugar medianamente esterilizado para administrar el tratamiento. La infraestructura necesaria no tiene nada que ver con las condiciones que existen en las aldeas recónditas de Ghana o Timor Oriental, donde la enfermedad se ceba con los niños. Además, un intento en Camerún de eliminar el pian con pinchazos de penicilina provocó la transmisión de otras enfermedades, como la hepatitis C. La pastilla es sencilla de manejar y sin los riesgos de la aguja.
Los expertos de la OMS se reunirán del 5 al 7 de marzo para aceptar la azitromicina como tratamiento de elección frente al pian, según Mitjà. Su objetivo, ahora que han demostrado que la pastilla es eficaz para derrotar al mal en un individuo, es tratar a los 20.000 habitantes de la isla de Lihir para confirmar que la administración masiva del antibiótico puede erradicar la enfermedad en una población. Este macroensayo puede durar entre tres y cinco años. Si todo va bien, comenzará el gran reto: llevar una pastilla a cada una de los 50 millones de personas que viven en zonas donde el pian es endémico.

Un enemigo débil

La OMS es optimista. El pian es un enemigo débil. Si no se ha abatido hasta ahora ha sido por la dejadez de las administraciones públicas implicadas. La enfermedad sólo ocurre en el ser humano, no se refugia en animales a la espera de renacer. Y apenas quedan unos pocos focos y están localizados. "La experiencia adquirida indica que su eliminación ha sido posible en varios países. Más recientemente, también se ha eliminado el pian en India", señala la OMS.
Pero no todo son virtudes. En un comentario que también se publica en The Lancet, el médico David Mabey es cauteloso. Tras 60 años de utilización, la penicilina sigue siendo eficaz contra Treponema pallidum, la bacteria que causa la sífilis. Pero no ocurre lo mismo con la azitromicina, cuyo uso ha generado cepas de bacterias resistentes al antibiótico. El microbio, en algunos casos, ha aprendido y se ha blindado contra su enemigo. Sin embargo, prosigue Mabey, estas resistencias se han detectado en países ricos de Norteamérica y Europa, donde se abusa de los antibióticos. "Quizá sea menos probable que estas cepas persistan en zonas pobres en recursos en las que raramente se usan estos antibióticos, relativamente caros", especula Mabey, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres.
"Es improbable que se desarrollen resistencias", opina Mitjà. En Madagascar, recuerda, un programa para combatir la sífilis con azitromicina fue exitoso. El antibiótico barrió a las bacterias, sin que los microbios organizaran una defensa.
"Esta es probablemente la publicación sobre el pian más importante de los últimos 50 años y podría facilitar la eliminación de esta lacra", escribe Mabey. "En realidad, la enfermedad está tan olvidada que apenas se han publicado estudios sobre el pian en los últimos 50 años. No tiene tanto mérito que la nuestra sea la mejor", bromea entre risas Mitjà. Su investigación ha contado ahora con una pequeña ayuda financiera de la empresa International SOS y de la multinacional australiana Newcrest, la compañía minera que extrae el oro de la isla de Lihir y en otros países se enfrenta a polémicas por presuntos destrozos en zonas protegidas. Para erradicar el pian, hará falta mucho más dinero. En esta época de recortes económicos radicales, habrá que ver quién lo pone. 

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