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4 may. 2012

La revolución tecnológica llega a los monjes tibetanos


Un monje budista comentaba en voz baja y nerviosa las inmolaciones y protestas que han asolado las regiones tibetanas de China, cuando alguien golpeó insistentemente con los nudillos la puerta de madera. El monje, de 34 años, señaló tranquilamente un ordenador de sobremesa instalado junto al santuario religioso que domina su atestada habitación en la ciudad monástica de Tongren, en la provincia de Qinghai, al noroeste de China. La llamada anunciaba la llegada de una notificación a través de Tencent QQ, el servicio de mensajería que cuenta con 700 millones de usuarios en China.
Hoy en día, cada vez es más normal oír el sonido de iPhone y Skype en lamaserías de esta remota extensión de montañas nevadas y praderas. Incluso los nómadas utilizan antenas parabólicas para obtener acceso a la televisión china y a las retransmisiones de Radio Free Asia y Voice of America. “Puede que vivamos lejos de las grandes ciudades, pero estamos bien conectados con el resto del mundo”, asegura el monje, quien, al igual que la mayoría de los tibetanos, pide que no se revele su nombre, ya que hablar con periodistas extranjeros puede suponerle un duro castigo.
La revolución tecnológica ha penetrado en los rincones más alejados de la meseta tibetana y desempeña un papel cada vez más crucial en la propagación del descontento, que ha despertado un renovado interés por unas políticas chinas que numerosos tibetanos tachan de asfixiantes.
Esta creciente conciencia política ha hallado expresión a través de una ola de inmolaciones que hasta la fecha las autoridades no han podido frenar. Desde marzo del año pasado, 34 personas se han prendido fuego, en su mayoría hombres y mujeres jóvenes que en algún momento habían pertenecido al clero budista.

Pese a los esfuerzos del Gobierno por limitar el caudal de información, la gente de a pie ha recabado detalles sobre las inmolaciones que han rebasado el denominado Gran Cortafuegos de China. En algunos casos, envían imágenes de los últimos momentos de los suicidas o de las consecuencias de su acción antes de que la policía se las lleve para que nadie pueda verlas. A menudo, las últimas palabras de los manifestantes incluyen la petición de una mayor autonomía y el regreso del Dalai Lama, el líder espiritual tibetano que ha vivido en el exilio desde 1959. “La tecnología ha propiciado una concienciación que está extendiéndose mucho más rápidamente que nunca”, afirma Kate Saunders, directora de comunicaciones de International Campaign for Tibet en Londres.
Sin embargo, los grupos en el exilio señalan que buena parte de las campañas gubernamentales para obstruir la información han sido fructíferas en casi toda la región autónoma de Tíbet, donde la seguridad puede ser draconiana y está prohibida la presencia de periodistas extranjeros.
Pero hacia el este, en zonas predominantemente tibetanas que hasta hace poco se han administrado de manera más laxa, el temor a represalias todavía no ha contenido la difusión informativa. En las provincias de Qinghai, Gansu y Sichuan, las inmolaciones y la mayoría de las protestas masivas se han producido pese a la numerosa presencia militar.
Losang, miembro de un comité que ofrece a los monasterios cierto grado de autonomía, muestra el contenido de su ordenador. Tras examinar una foto del monje de 21 años cuya inmolación el año pasado inició la serie más reciente de suicidios, le preguntan si considera que esa imaginería inspira imitadores. Según él, son las constricciones del Gobierno, y no las fotos de los muertos, lo que empuja a los jóvenes a quitarse la vida. “Cuando ahogas a una persona, no debe sorprenderte que se revuelva”, asegura.

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