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2011/11/28

«Wikileaks no cambió el mundo, pero ayudó a entenderlo mejor»

Bergareche no cree que ésta haya sido «la filtración más importante de la historia», aunque tiene «elementos que la hacen única»: su volumen, con 750.000 documentos y registros, y el escaso tiempo entre la generación del documento y su filtración. «Antes se tardaba años. Y esto asustó mucho a los gobiernos», advierte el autor de «Wikileaks confidencial» (Anaya 8OOKS), que incide en «el fallo de seguridad de patio de colegio» que permitió que «un soldadito de 23 años» tuviera acceso, como tres millones de personas, a una base de material de EE.UU. supuestamente clasificado.
—¿Este fenómeno ha sido una moda pasajera, ha cambiado el mundo o forma ya parte del paisaje?
—No es el comienzo ni el final de una era, pero está aquí para quedarse. Aunque Assange termine en la cárcel y Wikileaks desaparezca, otras organizaciones similares seguirán existiendo y forman parte ya de la nueva ecuación de la comunicación de la era digital. Y la conclusión para los gobiernos es que deben revisar por completo la manera de gestionar sus secretos, que proviene de la guerra fría. EE.UU. es una enorme maquinaria de generación de información clasificada que en 2010 puso el sello de secreto a 750 millones de páginas. El coste burocrático y pretender que se puede guardar bajo llave en la era digital son ridículos. Wikileaks hace un favor a los gobiernos afectados.
—¿Habrá más filtraciones en masa?
—Sí, y cada vez mayores. Ése es el gran reto. Wikileaks no es más que un buzón electrónico de envío de información confidencial para cualquier garganta profunda del mundo. Esto existe desde siempre, en todos los despachos de directores de periódicos llegaban sobres con informaciones compremetedoras, pero los buzones electrónicos sí son nuevos, se llamen Wikileaks, Openleaks o Al Yasira. Y esto se va a agravar.
—De lo que ha salido hasta ahora, ¿qué parte hay de cotilleo morboso y de información trascendental?
—La información más importante está en los llamados «diarios iraquíes», que sirven para sacar a la luz 15.000 víctimas civiles del conflicto. Esto es un dato con un valor histórico notable. En relación a los cables del Departamento de Estado, el nivel de secreto de lo que se filtró era medio-bajo. Eran comentarios de diplomáticos muy valiosos, pero sin grandes descubrimientos. No cambia el mundo, pero permite entenderlo mejor.
—Assange ha sido un Robin Hood, un pirata, procesado por delitos sexuales... ¿Con qué cara se queda?
—Hay que verlo como el líder, no solo de Wikileaks, sino de todo un movimiento social del siglo XXI al que le escuece el derecho de los poderosos mantener ciertas cosas en secreto. Hay que verlo como un personaje con una ideología radical, porque niega el derecho de los estados y empresas a guardar ciertas cosas en secreto. Su personalidad, tan atractiva, encierra las claves de su propio final. Su secretismo, su vida caótica, su autoritarismo, hacen de él el peor jefe posible. Es una figura con un rostro mucho más negativo que positivo.
—¿Cómo valora el papel de los medios de comunicación? ¿Habría triunfado el fenómeno por sí mismo en internet sin su colaboración?
—No, lo dice el propio Assange. Los medios le daban el altavoz que no tenía y los medios se casaban con alguien que tenía una información muy valiosa. Pero Assange incumplió las garantías de exclusividad con los diarios que pactó, facilitó el contenido a otros medios... Assange propugna que hay que dar a la audiencia los datos brutos. Y ha quedado demostrado los límites de esa pretensión: los datos de la realidad hay que destilarlos para insuflarles vida.

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