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19 ago. 2011

Los latinos y el furor por el agua embotellada


Las compañías que venden agua en botellas tienen un mercado preferencial en la mira: el de los latinos que viven en Estados Unidos.
Lo dicen con sus campañas publicitarias, hechas en español y avaladas por caras famosas de la televisión hispana, y lo explican con estadísticas: además de representar 16,3% de la población, los latinos son el grupo que consume, en proporción, el mayor volumen de agua embotellada en el país.

Un estudio reciente publicado en los Archivos de Medicina Pediátrica y Adolescente revela que, incluso en áreas donde el agua corriente es apta para el consumo, los padres de origen hispano y afroamericano son tres veces más proclives a dar a sus niños agua en botella que sus pares blancos no hispanos (24%, en comparación con 8%).
Según los investigadores, los hogares de estas minorías destinan más del doble de dinero a la compra de la bebida que los de estadounidenses blancos, porque consideran que el agua embotellada es “más sana, segura y limpia” que la que llega por las cañerías.
Por eso dan la voz de alerta: en materia de agua –así como en otras áreas- existe una brecha racial profunda.

A vender

La mejor receta para saciar la sed se promociona en campañas de mercadotecnia bilingües, como la iniciativa “Échale agua a tu vida” de Nestlé, que acompaña los avisos con clínicas de fútbol para enseñar a los niños latinos –y a sus madres- la importancia de una buena hidratación. Ya inauguraron la primera en Los Ángeles, a la que seguirán otras en nueve comunidades de distintos estados.
También Dasani, una marca de Coca-Cola, hizo lo suyo, convocando para sus comerciales a la morena Chilli, cantante del grupo TLC, con la intención de llegar directamente a las minorías.
Las empresas de alimentos que se reparten el negocio -con Nestlé, PepsiCo y Coca-Cola al tope del ranking- están de parabienes.

Desde los años ’80, el consumo de agua embotellada se ha disparado: según la consultora Beverage Marketing Corporation, en 2006 se vendieron en Estados Unidos 31,2 mil millones de litros. Tras la recesión, en 2010 el mercado creció 3,5%, mientras las gaseosas o las bebidas frutales tuvieron un saldo negativo de hasta -2%.
Pero, ¿cuál es la razón para comprar un bien suntuario en reemplazo de la más barata agua del grifo?
Las encuestas señalan desde la justificación más simple –“el agua corriente tiene gusto feo”- a cuestiones culturales complejas.
El Colegio Médico de Wisconsin descubrió en sus investigaciones que la “experiencia previa” está directamente relacionada con los hábitos de consumo: la precariedad del sistema de suministro en muchos países latinoamericanos permitiría explicar, en parte, la preferencia de los migrantes por el producto embotellado.
Pero también hay que buscar las causas en la calidad de agua que consiguen los latinos en Estados Unidos. Según académicos de la Universidad de Illinois, existe una disparidad en el acceso.
“La observación de áreas de bajos recursos indica que hay residentes que carecen de sistemas básicos de agua potable y cloacas. Entre ellos, los sin hogar, los trabajadores migrantes y las colonias en la frontera mexicano-estadounidense”, señalan en un informe de 2007.

California sedienta

Según el censo de 2010, casi la mitad de quienes viven por debajo de la línea de pobreza en territorio estadounidense son de origen afro o hispano. En estos grupos, 23,6% cree que el agua que llega por cañerías a sus casas no es lo suficientemente pura, comparado con menos de 9% en la percepción de la población general, de acuerdo con un estudio del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales (NRDC, en inglés) al que tuvo acceso BBC Mundo.
El costo social del problema es particularmente grave en estados como California, desértico y con mayor concentración de inmigrantes, donde se registra el récord pero cápita de consumo de agua embotellada.
La ONG Instituto Pacífico señala que las comunidades latinas son, además, las más afectadas por la contaminación del suelo con nitratos. Según un informe enviado a BBC Mundo, ello impacta directamente en los bolsillos de los más pobres, que destinan tres veces más de lo aconsejado por agencias gubernamentales a proveerse agua bebible.
“Mucho de ese gasto se destina a la compra de agua embotellada o de filtros. Otros costos adicionales, como el aumento de problemas de salud asociados a beber agua contaminada, no fueron medidos pero son reales”, señala el presidente del organismo, Peter Gleick, quien además es autor del libro “Envasada y vendida: la historia detrás de nuestra obsesión por el agua en botella”.

Bomba tóxica

La solución, señalan los expertos, no puede entregarse en botella.
Según el Instituto Pacífico, el agua envasada genera anualmente 1,5 millones de toneladas de plástico y 2,5 millones de toneladas de dióxido de carbono. Paradójicamente, por cada litro de agua listo para vender se usan otros tres litros durante el proceso de manufactura.
“Uno de los aspectos más controvertidos es el hecho de que las poblaciones que más demandan mejoras en los sistemas de provisión hogareña y por tanto más necesitan utilizar agua envasada por razones de salud legítima son también las que menos pueden afrontar los costos”, explica Gleick.
Aunque las empresas saquen rédito de la “crisis del agua”, la respuesta debe buscarse en los organismos de gobierno: se trata, ante todo, de una cuestión de equidad.
Entre las soluciones, el NRDC sugiere que el Congreso estadounidense establezca un fondo para el agua o incremente las partidas asignadas a saneamiento, para que el agua limpia no sólo se consiga en los supermercados.


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