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Tampoco lo recibió Dmitri Mendeleyev, cuya tabla periódica decora las escuelas de todo el mundo; ni Oswald Avery, que demostró que el ADN es la molécula portadora de la información genética; ni Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear; ni Julius Lilienfeld, creador del transistor; ni George Zweig, codescubridor de los quarks. Es sólo el arranque de una larga lista de ilustres no premiados nunca con un Nobel de ciencias.
Y fuera de las ciencias es peor aún. El pacifista más célebre del siglo XX, Mahatma Gandhi, no recibió el Nobel de la paz, a diferencia de Henry Kissinger o Yasser Arafat. Y el de literatura ha tenido que afinar realmente su puntería para no recaer en León Tolstói, Anton Chejov, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Henry James, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Jorge Luis Borges, por citar sólo a los muertos.
El Nobel, con todo, sigue siendo el premio más prestigioso que puede recibir un intelectual en este planeta. Y su prestigio no se debe a la tradición -¿por qué tendría el mundo que respetar una tradición sueca?-, sino a su exhaustivo mecanismo de selección. Los premios que hemos conocido esta semana son el resultado de un año de investigación sobre los candidatos.
La Real Academia Sueca de Ciencias (que concede los premios de física, química y economía), el Instituto Karolinska (medicina), la Academia Sueca (literatura) y el Comité Nobel Noruego (paz) invitaron en octubre del año pasado -como hacen cada otoño- a 6.000 expertos de todo el mundo a presentar las nominaciones (nunca de sí mismos).
Eso son unos 1.000 expertos por premio, entre ellos, los anteriores premios Nobel de cada área, y el resultado suelen ser 100 o 200 nominaciones en total. Los seis comités Nobel, uno por premio, empezaron en febrero a seleccionar esas nominaciones, y sólo han acabado hace un par de semanas. Durante este proceso consultan a muchos expertos externos, y de ahí suelen venir los rumores sobre la identidad de los premiados, por lo general escasos y poco fiables.
Una selección de este tipo garantiza que todos los premiados merecen serlo -en ciencia ha habido pocas concesiones controvertidas-, pero no que todos los merecedores sean premiados. Es lógico por lo tanto que la mayoría de las decisiones polémicas de la Academia lo hayan sido sobre todo por ausencia. O por tardanza, que sólo difiere de la ausencia en la longevidad del candidato. Pero lo cierto es que cada caso es un mundo.
Una clase minoritaria de no-premiados son los que el físico británico John Gribbin llama los visionarios. Son "más importantes que los premios Nobel", según Gribbin. El paradigma es el mismo Gamow citado en el primer párrafo. Su influencia en la ciencia es incalculable, aunque también en el sentido literal: que no puede calcularse. Son ideas, avistamientos, pautas. Su alcance se debe a cómo han influido en otros científicos, y el Nobel suele ser para éstos.
Gamow nació en Odesa cuando era parte del Imperio Ruso, y estudió física en San Petersburgo cuando se llamaba Leningrado, pero trabajó toda su vida en Gotinga, Copenhague, Cambridge y Boulder (Colorado, EE UU). En 1948 propuso con Ralph Alpher la teoría del Big Bang. Otros físicos habían especulado antes con la idea, pero fue el artículo de Alpher y Gamow el que permitió demostrar el Big Bang 15 años después.
Como Alpher y Gamow parece alfa y gama, Gamow no pudo resistirse a buscar una beta para redondear el artículo. La encontró pronto en uno de los grandes físicos teóricos del siglo XX, Hans Bethe, a quien persuadió de firmar el trabajo pese a su nula contribución. El histórico artículo The origin of chemical elements salió así firmado por Alpher, Bethe y Gamow, a satisfacción de este último. Bethe, al menos, sí recibió el Nobel, aunque por otra cosa.
James Watson y Francis Crick descubrieron la doble hélice del ADN en 1953. Poco después de haber publicado el hallazgo en Nature recibieron una carta de Gamow, a quien no conocían de nada. El físico proponía allí el primer modelo de un código genético: un lenguaje que traducía el orden lineal de las letras del ADN -recién descubierto por los receptores de la carta- en otro tipo de secuencia: la hilera de aminoácidos que constituye las proteínas. Su modelo concreto era incorrecto, pero el concepto de código genético resultó capital.
Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y un modelo de ferrocarril eléctrico. Y la bombilla, por supuesto. Entretanto, su colega Nikola Tesla ideaba las dinamos de corriente alterna, la transmisión de la energía eléctrica y la bobina de inducción, que le permitió adelantarse a Marconi en la patente de la radio. Edison y Tesla fueron nominados al Nobel en 1915, pero la Academia los descartó por una razón de peso: no se podían ni ver el uno al otro. Marconi había recibido el galardón seis años antes.
Durante la primera mitad del siglo, los experimentos en aceleradores descubrieron tantas partículas subatómicas que los físicos las llamaban "el zoo": protones, neutrones, rho, delta, sigma, xi, kaones, antikaones, piones, cientos de partículas elementales. En 1964, Murray Gell-Mann y George Zwieg se dieron cuenta de que podían explicarlas como distintas combinaciones de sólo tres partículas aún más elementales: los quarks. Gell-Mann, que fue quien les puso ese nombre, fue el único de los dos que recibió el premio Nobel. Zwieg los había llamado "ases".
El mayor descubrimiento de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN -la clave de la herencia-, no hubiera sido posible sin un dato previo esencial: que el ADN es el material hereditario. Fue Oswald Avery quien lo demostró en 1944, y contra todo pronóstico, porque casi todos los científicos pensaban lo contrario hasta entonces (y la mayoría siguió pensándolo aún después).
La razón de que Avery no recibiera el galardón ha sido un misterio durante 50 años, el tiempo que tarda la comisión Nobel en hacer públicas sus deliberaciones. Hoy se sabe que el químico sueco Einar Hammarsten bloqueó su candidatura, y que siguió haciéndolo incluso después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice en 1953. Hammarsten creía que la información genética estaba en las proteínas, y su convicción era impermeable a los datos.
Barbara McClintock descubrió los transposones -genes que saltan de un lugar a otro del genoma- en 1948 con una serie impecable de experimentos en el maíz. No sólo demostró su existencia, sino también que suelen alterar la actividad de los genes que tienen al lado, y percibió que debían ser muy importantes en el desarrollo y la evolución. McClintok ya estaba reconocida para entonces como una de las genetistas más brillantes del mundo, pero sus resultados fueron recibidos con escepticismo por muchos científicos, e ignorados por muchos otros.
El resultado fue que McClintock recibió el Nobel, pero 35 años después, cuando ella había cumplido 81. Al menos pudo vengarse en la cena protocolaria de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".
Einstein ganó el premio Nobel en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, uno de los artículos clave que publicó en su annus mirabilis de 1905. Esto implica que su teoría de la relatividad, uno de los dos pilares de la física actual junto a la mecánica cuántica, es otro de los grandes olvidados de la Academia, aunque su autor no lo sea. Y la razón tiene esta vez algo de paradójico.
Einstein formuló la relatividad, también en 1905, para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.
La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme. Es el fundamento de la energía nuclear y de la bomba atómica. También del brillo de las estrellas.
Einstein fue nominado por esta teoría varias veces desde 1910, pero la Academia prefirió esperar a que los experimentos despejaran las dudas. Eso ocurrió en 1915, pero para entonces Einstein ya había desarrollado la relatividad general, la teoría de la gravitación que corrigió a Newton. Y ésta era más chocante aún que la relatividad especial, por lo que Estocolmo se volvió a echar atrás. De modo que el físico fue, en cierto modo, víctima de su propio éxito. Sin embargo, éste es un asunto sobre el que los científicos sólo albergan una duda: si Einstein mereció otros dos premios Nobel, o si más bien fueron tres.
Alfred Nobel, el inventor de los premios -y de la dinamita-, dejó escrito en su testamento que el galardón de literatura se concediera a escritores de "tendencia idealista". El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de Tolstói, Twain, Ibsen y Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos.
Karel Capek, el gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX -e introductor de la palabra robot-, suscitó las dudas del comité Nobel por sus obras antinazis de los años treinta. A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán. De todos modos quisieron dar una oportunidad a Capek, de cuyos méritos literarios no dudaban, y le pidieron que presentara alguna obra menos controvertida. "Gracias por la intención", respondió Capek, "pero ya escribí mi tesis doctoral". Se quedó sin premio, como es natural.
El caso de 1974 en literatura es poco representativo, pero aún menos eludible. Vladímir Nabokov, Graham Greene y Saul Bellow fueron rechazados ese año para otorgar el premio a Eyvind Johnson (Retorno a Ítaca) y Harry Martinson (Ortigas en flor), dos escritores bastante conocidos en Suecia, entre otras cosas por ser miembros de la Academia Sueca.
No está claro cuánto podrán resistir los Nobel con su esquema actual. Los matemáticos y los paleontólogos siempre se han quejado de que no haya un Nobel para sus disciplinas, pero la lista de agraviados puede crecer pronto hasta límites insoportables. Porque tampoco hay un Nobel de computación, ni de nuevos materiales, ni de nanotecnología ni de climatología. Ni de cine, que se lo podrían haber dado a Ingmar Bergman sin hacer el ridículo.
Así lo confirmó el alcalde de Nagasaki, Tomihisa Taue, que lanzó la idea aprovechando que el Nobel de la Paz que recaído sobre el presidente estadounidense Barack Obama, en parte por su voluntad de desarme nuclear.
"No se trata de algo que debemos dejarle solo a Obama, cada uno tiene un papel y acoger los Juegos podría ser el rol de las ciudades que sufrimos ataques nucleares. Vamos a valorar una candidatura conjunta", adelantó Taue.
Un inconveniente del proyecto olímpico sería la distancia, ya que Hiroshima y Nagasaki están separadas por 300 kilómetros, aunque el político no cree que sea un problema porque "solo están a 30 minutos de viaje en avión". "Pueden estar lejos geográficamente, pero no en cuanto a tiempo de viaje", señaló.Aunque el desarrollador de la saga, Bungie Studios, se independizó de Microsoft hace un par de años, continúa dirigiendo los destinos de una de las franquicias estrella para la Xbox 360, y según informan, con gran éxito de Halo 3: ODST aunque pueda estar motivado en parte por el acceso a la beta de Halo: Reach, una nueva entrega de la serie que llegará el año próximo.
Franquicia de éxito y que se exprimirá al máximo con el proyecto de película de Peter Jackson (El señor de los anillos), comic, serie de anime y libro que están en camino, además de contenido descargable que alarga la vida del juego.
Se trata de la primera canción de Michael Jackson que se lanza tras el fallecimiento del icono del pop mundial el 25 de junio de 2009.
"La canción muestra lo que todo el mundo sabe desde hace mucho tiempo: que Michael es uno de los mayores regalos que nos ha dado Dios", ha declarado John McClain, coproductor del álbum.
El álbum se pondrá a la venta el 27 de octubre, coincidiendo con el estreno de la película que tendrá lugar el 28 de octubre.
El trabajo consta de dos discos que contienen canciones originales de Michael, muchos de sus grandes éxitos arreglados y ordenadados en la misma secuencia en la que aparecen en la película así como primeras demos nunca publicadas de algunos de los clásicos del artista. También incluye un emocionado poema de Jackson titulado Planet Earth.
"Por qué ya nadie nos ama", se interrogaba el miércoles el diario helvético Le Matin, comentando los mordaces comentarios aparecidos en la prensa extranjera en los últimos días.
Para el cotidiano, no cabe duda que el arresto del cineasta franco-polaco Roman Polanski cuando llegaba a Suiza, hace once días y en razón de un mandato estadounidense, fue la gota que desbordó el vaso.
"Este episodio fue el pretexto para insistir en asuntos más dolorosos", explica Le Matin, que enumera los contratiempos que ha sufrido la Confederación este año.
En unos meses, Suiza fue obligada a ceder sobre su secreto bancario, plegarse ante el líder libio Muammar Kadafi furioso por la detención en Ginebra de su hijo Hannibal, por malos tratos a personal doméstico y a revelar al fisco estadounidense los nombres de 4.450 clientes del banco UBS en Estados Unidos.
Sin olvidar esta semana los ataques de su partido de derecha populista que calificó a los trabajadores franceses que pasan la frontera de "gentuza" y de "criminales extranjeros", provocando airadas reacciones en Francia.
"El país pasa por una etapa difícil que se prolonga", reconoce el profesor Pascal Sciarini en la Universidad de Ginebra.
Para el politólogo, el desamor por Suiza remonta a los años 90 y al caso de los fondos sin herederos, de las víctimas del genocidio nazi depositados en los bancos suizos.
Sin ilusión, el diario 24 horas considera que la imagen de Suiza también está dañada desde hace tiempo entre sus vecinos franceses.
Uno de los problemas mayores de la Confederación Helvética es su neutralidad, estima Sciarini, explicando que en su nombre "se ha acreditado prácticas indeseables como los fondos sin herederos y el secreto bancario".
Para el profesor del Instituto de altos estudios internacionales y del desarrollo de Ginebra, Pierre Hazan, Suiza sufre también "de una ausencia de cultura de crisis" que la hace incapaz de enfrentar sus propios diferendos internacionales.
Más aún, "con el fin de la guerra fría, perdió su lugar privilegiado de contacto entre el Este y el Oeste", explica Hazan.
Suiza "trata ahora de redefinir su papel, comprometiéndose más en los temas mundiales, al tiempo que mantiene su papel tradicional de mediadora", aseguró, estimando que una "neutralidad más activa es una de las soluciones al problema de imagen".
En este sentido, el gobierno ha hecho esfuerzos integrando el país a la ONU en 2002 y al integrarse al Consejo ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Berne también consiguió en los últimos meses traer a su territorio una serie de negociaciones internacionales, que van de las conversaciones sobrre Irán, a aquellas entre Rusia y Georgia pasando por las negociaciones de desarme nuclear entre Washington y Moscú.
El responsable de Presencia Suiza, el organismo federal encargado de la imagen de Suiza en el extranjero, Johannes Matyassy, no acepta hablar de "crisis de imagen". Lo que no quita, según dijo, la necesidad de "poner atención en ciertos círculos", entre los cuales a las finanzas, que participan activamente en los ingresos del país.
Ostrom será la primera mujer en recibir un Nobel de Economía, por sus teorías sobre el papel de las empresas en la resolución de conflictos y sus análisis de cómo las transacciones económicas se realizan no sólo a través de los mercados, sino también dentro de las empresas, asociaciones y familias. Ostrom, nacida en 1933 en Los Ángeles, es catedrática de Ciencias Políticas por la Universidad de Los Angeles (California) y fundadora del Centro para el Estudios de la Diversidad Institucional de la Universidad de Arizona.
Williamson ha sumado a estos análisis los relativos al papel de las empresas como estructuras de gobierno alternativas y sus límites. Nacido en 1932 en Superior, Estados Unidos, se doctoró en Economía en 1963 en la Universidad Carnegie Mellon y ejerce en la Universidad Berkeley.
El premio está dotado con diez millones de coronas suecas (unos 980.000 euros o 1,4 millones de dólares) y, como el resto de galardones Nobel, se entrega el 10 de diciembre, aniversario de la muerte de su fundador, Alfred Nobel.
El año pasado, el ganador fue el estadounidense Paul Krugman, creador de nuevas teorías que integraron el comercio internacional y la geografía económica, además de prestigioso articulista y opositor a las políticas del ex presidente de EEUU George W. Bush.
Los otros Nobel
La ronda de anuncios de los Nobel empezó con el de Medicina, que fue para los estadounidenses Elizabeth H. Blackburn, Carol Greider y Jack W. Szostak. A éste siguió el de Física, que fue para el británico-estadounidense Charles Kuen Kao y los estadounidenses Willard Sterling Boyle y Georges Elwood Smith.
El miércoles pasado se concedió el de Química a los norteamericanos Venkatraman Ramakrishnan y Thomas A. Steitz y la israelí Ada E. Yonath.
El de Literatura recayó en la escritora rumano-alemana Herta Müller, considerada la voz de los desposeídos y representante de la minoría germana en Rumanía. Y el de la Paz premió al presidente de los EEUU, Barack Obama.