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29 ene. 2011

Hasta la coronilla de Assange

Hasta la coronilla de Julian Assange. Así han acabado en «The New York Times». El mítico rotativo neoyorquino ha publicado un extenso y jugoso avance editorial del libro electrónico que su editor ejecutivo, Bill Keller, acaba de sacar sobre WikiLeaks. En él se cuenta la relación de la organización con la prensa mundial y se desmitifica a fondo a Assange, que ha reaccionado acusando al «Times» de «calumnia» y de escribir «una página negra del periodismo norteamericano».
El reportaje de la discordia empieza con una reconstrucción paso a paso de cómo llegó el periódico a posesionarse de las dos grandes oleadas de filtraciones de documentos secretos de WikiLeaks, la referente a la de las guerras de Afganistán y de Irak y el cuarto de millón de cables secretos de la diplomacia estadounidense. Keller cuenta que «The New York Times» accedió a los documentos sólo porque el británico «The Guardian» no quería quedarse solo con ellos, no quería ser el único periódico en lengua inglesa que los publicaba. Assange habría accedido a ello y así se habría iniciado una larga e intensa colaboración periodística a caballo de Londres y Nueva York.
A diferencia de «The Guardian», cuyos lectores escoran con pasión a la izquierda y jalearon las filtraciones, quejándose incluso de que se censuraran algunos nombres y datos, «The New York Times» tuvo que hacer frente desde el principio no sólo a las críticas del gobierno –aunque reconocen que la Administración Obama es mucho más «sobria y profesional» en estas cuestiones que el gobierno Bush- sino del propio público americano. Se les acumulaban los mensajes y cartas al director inquiriendo quién les daba derecho a publicar informaciones que dañaban la imagen del país, quizás poniendo incluso en peligro a sus representantes militares y diplomáticos.
Para rebatir tales acusaciones Keller pone un extremo cuidado en detallar las precauciones adoptadas y el constante ejercicio de contención y responsabilidad de un equipo formado por varios de los mejores periodistas del mundo, y más especializados en sus respectivas materias. Cuenta también que esa fue una de las primeras causas de fricción con Assange: éste protestó furioso porque el «Times» no linkara directamente a los cables de WikiLeaks que citaba en sus artículos. El editor ejecutivo responde que no lo hacían precisamente porque al principio WikiLeaks colgaba en su web estos cables al desnudo, sin cegar la información más comprometedora. Aunque posteriormente rectificaron, Keller no destaca que acabe produciéndose algún asesinato por este motivo.
También es muy duro acusando a Assange de favorecer una edición efectista pero poco rigurosa de Collateral Murder, el mítico vídeo donde se ve a soldados norteamericanos abriendo fuego contra civiles y periodistas en Bagdad. Y de mostrar un desprecio olímpico hacia la seguridad de sus proveedores de filtración. Por todo eso los periodistas rápidamente comprendieron que no estaban tratando con uno de los suyos, sino con una fuente de información. A la que había que tratar con tanta precaución, y quizás coger con tantas pinzas, como en su día trataron Carl Bernstein y Bob Woodward a Garganta Profunda.
Pronto se apercibieron por lo demás de muchas características desagradables de Assange. Keller ensarta un montón de anécdotas que le describen como un ser fatuo, desinformado para todo lo que no sea la tecnología, maniqueo en su visión del mundo, dictadorzuelo y paranoico. Además antes de ser famoso ni siquiera se duchaba cada día. La descripción de algunos de estos atributos en un perfil que el «Times» le dedicó hace unos meses provocó una airada exigencia de rectificación y el intento de dejar fuera al diario neoyorquino de sucesivas filtraciones de WikiLeaks. Pero esto no pudo ser porque la colaboración con «The Guardian» ya estaba sólidamente asentada y porque además para entonces la misma WikiLeaks ya era un coladero con disidentes y auto-filtraciones por todas partes.
«Contexto, matices y escepticismo»
En resumen, el escrito de Bill Keller supone una contundente y pormenorizada desmitificación de WikiLeaks y de Assange. Por lo mismo que se oponen a su procesamiento o a cualquier otro tipo de sobrerreacción gubernamental ante las filtraciones, están en contra de atribuir a este tipo de personajes un crédito o una influencia exagerados. Ellos mismos no lo hicieron. Si de algo presumen es de que sus reporteros tomaran lo bueno de WikiLeaks, que eran los documentos, y apartaran lo malo, poniendo de su parte todo lo que a Assange le faltaba: «contexto, matices y escepticismo».
Por lo demás tampoco se privan de dejar caer que en los momentos de mayor nerviosismo detectaron que sus comunicaciones y correos electrónicos eran intervenidos por hackers, no precisamente del gobierno. O de reírse de la afirmación de Assange que si acaba siendo extraditado a Suecia o a Estados Unidos, «me matarán estilo Jack Ruby», el hampón que disparó contra Lee Harvey Oswald. Esta sería para el «Times» la prueba concluyente de que el hombre ya ha doblado sin remedio el cabo de la megalomanía.
¿Es cuestión de tiempo que el resto del mundo también se dé cuenta y el ídolo que tan rápido ascendió experimente una caída igual de fulminante? En WikiLeaks cierran filas y manifiestan a través de Twitter su encendido malestar por lo que el «Times» dice. «Todo mentira de principio a fin», claman. Aunque, como con regocijo señalan algunos observadores de este duelo, por lo menos debe ser verdad la nota de humor que cierra el texto de Bill Keller, y que es este mensaje que en su día recibieron de uno de los abogados de Assange: «Queridos niños: Santa Claus son mamá y papá, con amor, WikiLeaks».
 

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